No sé por qué le puse asi a una bata de mi madre que me encataba, apesar de no habersela visto nunca puesta.
Puede que le pusiese ese nombre por cómo me hacía sentir el imaginarmela puesta.
O quizás por su plumas, tan suaves al tacto como un gatito de angora.
Tendría siete u ocho años cuando aprovechaba el estar sola, para ir a su cuarto a buscarla.
Con sólo mirarla ya me transportaba al cielo entre sus plumas...
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